Palma extraña

La triste muerte del cine Astoria

cercamon | 25 Octubre, 2010 20:42

Tal vez fuera la mezcla de dos sentimientos opuestos, la ternura y el terror de la película “Déjame entrar”, o tal vez mi vuelta al barrio de Pere Garau de Palma una tarde de otoño lo que me cambió el ánimo y me lo mantuvo días después. Caminando entre la tenue luz amarilla de las farolas de las calles que rodean la zona, se pueden ver bastantes carteles de se vende. Me acerco al escaparate de una marisquería gallega, hay un pulpo mal pintado en el cristal y dos hombres mal afeitados fuman bajo la luz de un fluorescente, las neveras están apagadas, veo un anuncio traspasando el negocio, soledad y frío en el interior.

Hace tiempo que no voy al cine Metropolitan y me sorprende encontrar tan poco público. De la sesión del “Gran Vázquez” salen únicamente una madre con una tropelía de niños estilo cumpleaños. En la sala 1 en la que entramos somos sólo tres personas; el acomodador es enormemente amable, una amabilidad que me genera compasión y que puede permitirse al ser el público tan escaso. Tres personas en la enorme sala 1 una noche de estreno!!. Que destino tan nefasto el de los cines del centro de Palma. Empieza la película y evidentemente nadie molesta, estamos tranquilos, los tres. Salgo del cine hecho polvo, tanto por el estado de ánimo que transmite esta magnífica película como por lo desolador del cine y el barrio. Cada vez que un cine del centro muere es como si algo se me muriera por dentro. De pequeño solía pasar largas tardes en ellos ya que mi abuela era taquillera, y les tengo cariño así como a los personajes que lo pueblan. Recuerdo la triste muerte del cine Astoria; un cine mítico de grandes estrenos como: “Los señores del acero” que me despertó la libido de adolescente, o la inquietante Baraka. Pero no, este cine tuvo que morir con un bodrio en sus pantallas “Secuestrando a la señorita Tingle”, para echarse a llorar…, y además no tuvieron la decencia de quitarle el cartel, lo dejaron años allí colgado para escarnio de los amantes del cine, como un ejecutado que cuelgan varios días en la plaza de la ciudad, para el que se atreva a montar un cine en el centro…; que poca delicadeza!, que cruel final para un cine como éste!.

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