Palma extraña

La Ciudad de Palma de Eusebio Estada

cercamon | 11 Juliol, 2020 08:34

Cuando lees un libro como “La Ciudad de Palma” de Eusebio Estada, es inevitable sentir una lucha interna entre nuestra percepción como lectores del siglo XXI, y la visión de la ciudad por parte de un ciudadano del siglo XIX. Para evitarlo, lo primero que tenemos que hacer es disociarnos, ponernos en los ojos de ese hombre del S.XIX. Bajar hasta las calles que él describe, e intentar ver, sentir y oler todos los problemas que tenían entonces.

El movimiento higienista de la segunda mitad del siglo XIX, quiso adaptarse a los nuevos tiempos que trajo la revolución industrial. Para ello dispusieron de toda una serie de recetas para ordenar la ciudad y su crecimiento. Las principales medidas, aunque no las únicas, pasaron por derrumbar las murallas y expandir la ciudad por un ensanche. El derribo de las murallas desde la mirada de un ciudadano de hoy, supuso un alto precio a pagar por modernizar la ciudad. Es inevitable pensar con nostalgia como sería Palma si hubiese conservado su muralla renacentista. Pero elucubrar sobre ello no tiene ya mucho sentido.

Un punto importante para este movimiento fue cómo integrar los barrios que iban creciendo sin ningún tipo de planificación fuera de las murallas, normalmente alrededor de caseríos como los de Els Hostalets, La Soledat, o arrabales como Santa Catalina. Lugares aislados que debían de tener algo de far west; caminos sin empedrar, charcas, burdeles a medio camino para viajantes. Pongamos nuestra mirada allí, asomémonos por la ventana de una casa cualquiera; veríamos un camino que llevaría hasta una muralla, y junto a ella, acumuladas, diferentes construcciones más o menos provisionales sin red de alcantarillado. Si atravesáramos las murallas por alguna de sus puertas, caminaríamos por las calles empedradas llenas de socavones, llegaríamos hasta la Lonja y miraríamos hacia el mar. Entonces, los peces que reptan hoy por las aguas opacas de los muelles del Paseo Marítimo nos parecerían inmaculadas, ya que hasta allí llegaban varias cloacas que recibían las aguas fecales de la ciudad.

En algunos barrios de Ciutat sus habitantes se hacinaban; había edificios que subían su edificabilidad a lo alto con pocas consideración de seguridad, eran bloques cruzados de arriba a abajo por tuberías cortas de barro cocido que transportaban aguas fecales, supurando por sus juntas, y creando humedades en las paredes, antes de llegar hasta unas cloacas muchas veces revestidas únicamente de marés.

Vista así, la Palma del siglo XIX no parece tan romántica, una ciudad de unas 35.000 almas confinadas entre unas murallas, una fortificación que debía ser vista como los barrotes de una prisión más que un elemento arquitectónico a proteger; y así lo debían ver los higienistas de la época. Con nuestra perspectiva, las cosas tal vez hubieran sido diferentes, pero nada podemos hacer ya, salvo intentar comprender lo que pasó.

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