Palma extraña

¿dónde se mete la gente los domingos?

cercamon | 27 Abril, 2010 18:57

¿dónde se mete la gente los domingos?, ¿por qué hay tan poca gente ese día sea verano o sea invierno?

Basta levantarse un domingo y dar una vuelta por el centro de la ciudad para constatar este hecho. El domingo pasado decidí ir a desayunar un café con leche y una ensaimada a algún bar. Cuando estaba en el Born tuve una sensación extraña que me hizo recordar la película de abre los ojos. En concreto la escena en la que el protagonista sale del coche y empieza a correr solo y despavorido por la Gran Vía de Madrid completamente vacía. En la película eso formaba parte de la pesadilla del protagonista. Aquí no, realmente no había nadie en la calle y todos los bares por los que pasaba estaban cerrados, claro que era temprano pero resultaba inexplicable. Si te pasa eso, paseante, sigue mi consejo y dirígete al Bar Bosch. Pronto comprobé que este bar es el reducto de los que como yo buscábamos el sonido de las cafeteras por la mañana, la compañía, los diarios del día. Era curioso además observar como los clientes del bar nos aglomerábamos cerca unos de otros, formando algo así como un círculo de protección contra el vacío de la ciudad.

Por qué hay tan poca gente en la calle los domingos, es una pregunta que al parecer se han hecho generaciones y generaciones de palmesanos. Me pareció curioso encontrar una prueba de ello en un libro de segunda mano que compré en un viaje. Se trata de un libro publicado en el año 1956 y se titula “Majorcan Holiday” , de un tal S.P.B. Mais y su mujer Gillian; una pareja de ingleses que viajan a la isla con su hija en los años 50. En él hay un día dedicado a un domingo en Palma, ese día visitan la catedral , donde Gillian es amonestada por un cura por llevar los brazos descubiertos. Después de la visita se dirigen al Borne: “I then rejoined the others outside the church and we walked down to the borne expecting to find it crowded. There were several old men sitting on benches and seats. There were a good many young soldiers and sailors. There was no sign whatever of a fashion parade. We walked the whole length of the borne and saw nothing more exciting than one small child in white and large number of what looked like Teddy boys”. Vamos!, que solo había ancianos y marineros. Teniendo en cuenta que apenas hay marineros y ancianos en el Born, y que los skaters y los que hacen piruetas con la bici no salen hasta tarde, el número de personas queda muy reducido.

La respuesta que se suele oír para explicar esa falta de ambiente en la calle es que la gente va a sus segundas residencias. Esta explicación no me cuadra, con lo que cuesta tener una vivienda, dos ya me parece dificilísimo. Otra posible explicación, es que Baleares es el lugar del estado donde mayor porcentaje de personas dedicaban el domingo para ir de excursión, tal como leí en un artículo de prensa.

Sin embargo, hay que reconocer que la ciudad disfruta cada día más de más reductos donde la gente se concentra. El más importante lo encontramos en el paseo marítimo, verdadero lugar de reunión dominical que se queda pequeño para poder albergar a tantos y tantos paseantes y ciclistas que aprovechan este lugar para pasear los domingos.

Sea como sea, sería fantástico que esta ciudad estuviera más animada los domingos, la verdad es que esfuerzos no faltan en iniciativas como la Bicifiesta y otras destinadas a sacar a la calle a los habitantes de Ciutat.

Dungeons comerciales en Palma

cercamon | 17 Abril, 2010 07:51

Frecuentemente lo sobrenatural se camufla en la oscuridad. El terror y lo fantástico juega con la ausencia de luz, una oscuridad que sirve de oxígeno a las llamas de la imaginación. Esto se pone de relieve en la literatura de terror salvo contadas excepciones como la del genial galés Arthur Manchen, en cuyos relatos los hechos terroríficos se producen a plena luz del día.

Es posible que sea debido a este hecho que en una ciudad luminosa como Palma adentrarse en alguna de sus galerías comerciales resulta más inquietante que en cualquier otra ciudad del norte. La luz de la calle produce que situarse en el umbral de la entrada de uno de estos centros distingamos solamente una cueva poblada por penumbras. Letreros destartalados animan al visitante a entrar en el lugar.

avenidas

Una vez entras en la galería piensas que te has equivocado, que aquí no hay nada para ti. Pero pronto percibes lo extravagante del lugar, y aunque no compres nada la curiosidad te mueve a entrar y caminar por sus pasadizos. Las tiendas raras se mezclan con las tiendas para turistas, y podemos encontrar objetos y artículos que no hay en el exterior: zapateros remendones, peluquerías para cabellos africanos, sórdidos locales de tattoo donde no les vendría mal un fotógrafo para anunciar el reclamo de los piercings, locales vacíos dejados al abandono donde el letrero de “se vende” está cubierto de polvo, engullido en la desidia. Caminando por las galerías de la plaza mayor advierto que sirve además como centro de reunión para adolescentes. Reunidos bajo una curiosa escultura greco-romana, como si fueran acólitos de algún antiguo culto charlan y disfrutan, uno de los adolescentes emite una tenebrosa carcajada. Viene a mi mente el recuerdo de los Morlocks (los no poseedores), que encuentra en “La máquina del tiempo” de H.G.Wells el viajero del futuro en el año 802.001, habitantes de las profundidades de la tierra que surgen de la noche al exterior para raptar a los palmesanos de la superficie. ¿Será este el destino para los que reneguemos de la luz?

deidad

deidad de los inframundos palmesanos

iron

zapatero

dandy

comercios atípicos

Sábado en el rompeolas

cercamon | 28 Març, 2010 18:27

El sábado es bondadoso, y los palmesanos salimos a pasear en tropel aprovechando los rayos de sol de un día incontestablemente primaveral, el primero después de tantos fines de semana nublados. Me uno a los paseantes, como una marcha de semana santa, paseo por la mañana, y vuelvo a pasear en el atardecer; bordeo el paseo marítimo y camino junto al rompeolas. Me fijo en los pescadores que pueblan estas masas rocosas colocadas por el hombre, apostados con sus cañas como la imagen de un cuadro, amando la soledad de la espera. Ajenos al jolgorio de patinadores y ciclistas, un padre y su hijo colocan el cebo en su anzuelo; estaban por la mañana y siguen allí al atardecer; parecen felices y me detengo un momento a observarlos. El sol empieza su descenso en la bahía de Palma , y todo parece más tranquilo , todo parece en su sitio. La posición del sol convierte las olas en destellos, las cañas al ser tiradas brillan como espadas con la ciudad de fondo con sus ruidos y luces. A unos metros unos enamorados retozan cariñosamente, sus cabellos se enredan en las rocas como algas revueltas tras un temporal, hay sal en sus labios. Siento el calor que emana de la roca en la que estoy sentado; tiro una piedra al mar, un mar de un azul intenso. Oigo las risas del padre y su hijo al sacar un pez del mar. En la bocana del puerto veo una barquichuela volviendo a su amarre, el ruido del motor chapoteando en el agua me llena de paz y de una seguridad inexplicable. En el oeste el sol se hunde en las montañas, el castillo de Bellver se recorta en la distancia, y una maravillosa sensación de pertenecer al mundo se apodera de mi.

Valhalla vuelve a Asgard

cercamon | 20 Març, 2010 09:58

El pequeño comercio es imprescindible para mantener viva la ciudad. La morfología de las calles quedaría huérfana sin ellos. Son establecimientos abiertos por una persona que deposita un sinfín de ilusiones en su puesta en marcha. En ocasiones, el local se adhiere a la piel ciudad, llegando a formar parte del alma de la calle; cuanto más tiempo permanece más honda es su marca entre las personas que lo conocimos y más son los recuerdos acumula.

Estos recuerdos se originan por el nacimiento de relaciones duraderas, de momentos especiales, de miradas cruzadas con otro transeúnte, o rutinas de paseo que culminaron insertando una huella en la mente.

Recientemente desapareció en el centro de Palma la cervecería de nombre Valhalla. No era un cliente habitual, pero me gustaba pensar que existía ese rincón. Pertenecía a mi atlas mental de la ciudad; coordenadas míticas en mi visión fantástica para no perderme en este cúmulo de edificios de hormigón y marés levantados con cierto orden en la bahía. Me encantaba escuchar las conversaciones roleras de los parroquianos, quedarme mirando los cuadros de Conan el bárbaro, o compartir una cerveza de graduación importante con un amigo. Valhalla ha desaparecido, aunque prefiero pensar que ha vuelto al lugar de donde vino; a la imaginería vikinga, al espectral mundo de Asgard, a la fortaleza de 40 puertas donde descansan los guerreros muertos en combate, bebiendo hidromiel y comiendo jabalí, aguardando la batalla del Ragnarok en el fin de los tiempos.

valhalla

Moon

cercamon | 11 Març, 2010 20:52

Nieva en Palma pero los copos no cuajan, llegan a la orilla del mar y desaparecen, se esfuman entre las alcantarillas mojadas y brillantes. Tocan la luna del cristal del coche y deshacen su forma perfecta, cristalina y simétrica y desaparecen. Se mezclan con la suciedad del asfalto y toman su color.

En el equipo de música del coche suena la banda sonora de la película Moon, de Clint Mansell “Welcome to lunar industries”. Película de Duncan Jones. Moon transmite perfectamente el sentimiento de soledad. Nos hace llegar ese frío tan especial del espacio. El ser humano ante el cosmos, momento para sentirse una diminuta mota de polvo cósmico, humildes ante los eones del universo.

Los hombres son replicados como copos de nieve, simétricos y perfectos a un 99,99%. Copos que caen a millares empujados por la fuerza de la gravedad y del viento; y que como los hombres, tal vez crean que la suya es una vida propia, que caen por su voluntad, porque la suya es una vida única e irrepetible trazada por su destino individual.

Acaba la música, y el ritmo del parabrisas acentúa el silencio, un silencio blanco y eterno. Se hace el vacío, la ausencia de ser, el maravilloso abrazo de la nada. Como tablas hindúes que repican taratiratá-tá-tá en tu cabeza.

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