Palma extraña

Nadal es primavera

cercamon | 28 Febrer, 2010 09:09

Ayer por la mañana pasó por plaza de la reina una chica vestida con una minifalda con vuelo, sus cabellos rizados y negros se enredaban al viento. Fue una presencia que inquietó a muchos de los que todavía llevábamos abrigo. Paseaba con exuberancia. Se deleitaba en cada paso que daba y fueron muchos los ojos que se posaron sorprendidos en ella. Muchos vimos en su persona a la primavera, una aparición tras el frío invierno, una señal.; aunque el hecho de que vistiera de negro nos hizo dudar sobre si representaba el inicio de la primavera o la muerte del invierno. Un hombre gordo se la quedó mirando de forma asquerosamente lasciva; “hola guapa!” le dijo con voz ronca y cazallera. A lo que ella respondió con una mueca de desprecio en su boca mientras desaparecía por Calle del Mar, rumbo al sur, rumbo al calor.

Soplaba viento del sureste, un viento extraño en nuestras islas, y me quité el abrigo convencido por las señales, mientras me sentaba en una mesa de la terraza del bar Reina. Ahí abrí el periódico y leí sobre la dimisión de Munar. Nadal en una foto malévola besando casi en la boca a Maria Antonia. En otras páginas, un nuevo capítulo del encuentro Nadal-Shakira, una mezcolanza de cuerpos tórridos y carne trémula embadurnada de aceite, ahora por fin en pleno morreo. Corrupción y deseo, son la bienvenida a una primavera nada infantil, más bien madura y perversa, pero primavera al fin y al cabo.

beso munar nadal

beso shakira nadal

imagen gratuita

beso madona spears

Esquematizando grupos sociales

cercamon | 21 Febrer, 2010 10:23

Uno de mis defectos es la tendencia que tengo a simplificar y esquematizar mentalmente a personas, definir sus patrones, imaginar su vida y creer que es de tal o cual forma; elaborar por tanto un prejuicio y cometer el error de prever el comportamiento y el carácter de esa persona.

Este viernes lluvioso me deslizaba en bici por Sant Jaume, calle estrecha y apretujada, rodeada de altas fachadas y tejados cuyos voladizos casi se tocan compartiendo el agua de lluvia que se desliza por sus canaletas y sus tejas. Al llegar a la plaza de Santa Magdalena aminoré la marcha, acababa de encontrar un grupo social. Un conjunto de personas fácilmente identificable con los mismos valores, misma estética y búsqueda de fines en la vida. Aminoré para ver esa pequeña comunidad que esperaba a que sus hijos salieran de la escuela; coches todo terreno subidos en las aceras, mujeres de treinta y pico hablando con carritos de niños, bufandas a cuadros, mismos peinados. Un padre debidamente trajeado encendía un cigarrillo en su coche, con bastante estilo hay que decir, la puerta entreabierta, los zapatos de cuero marrón reluciendo sobre el asfalto mojado. A medida que avanzaba veía más vehículos mal aparcados con sus propietarios dentro o fuera, charlando del próximo acto de la agenda social del fin de semana marcada por los cumpleaños del niño menganito o fulanito, coches de la misma gama cargados de sillitas para niño. Me acordé de que a unos metros había un club del opus: simplifiqué.

Este efecto me volvió a ocurrir un día después. Faemino y Cansado actuaron ayer en el Teatre principal. Tenía asiento de palco lo que tiene un inconveniente, hay que llegar bastante antes, en caso contrario no te queda más remedio que sentarte en la parte de atrás, donde la visibilidad es nula. Si te sientas en primera fila en cambio la visibilidad es total, tanto del escenario como del resto de palcos y la platea. Mientras esperaba a que comenzara la función no pude evitar hacer de antropólogo, me sentí de nuevo ante otro conjunto de personas, con los mismos valores, estética, fines vitales, gustos. El canon estético era evidente: gente entre 30 y 50 años, estilo entre grunge y pijo, un sí pero no, abrigos de Custo, estética cuidadosamente desaliñada, patillas largas hasta el mentón, jerséis a rayas, peinados hacia delante.

Reí muchísimo en el espectáculo, tanto que después tuve retortijones y tuve que correr al baño.

Acabar un libro en Ses Voltes

cercamon | 09 Febrer, 2010 21:25

Historias de Nueva York retrata la ciudad a través de la vida de personajes y acontecimientos históricos que dieron forma a sus calles, que imprimieron un caracter y una forma de ser. También los detalles y anécdotas contribuyen a que una ciudad sea la que es.

Historias de Nueva York es un libro de Enric González, corresponsal de El País en Nueva York durante unos años, y rinde tributo a algunos corresponsales de guerra que conoció en esa ciudad y que más tarde morirían en diferentes conflictos armados. El caso de Ricardo Ortega me llama mucho la atención, tras buscar por internet veo algunas fotos suyas, ese hombre que cubrió la guerra de Chechenia. Conflicto olvidado en una tierra remota e inhóspita que nuestra mente apenas llega a imaginar. De pronto, a través de su rostro recuerdo también su voz, y me la imagino.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/callejon/murio/Ricardo/Ortega/elpepuint/20100213elpepuint_1/Tes

Terminaba de leer este libro un sábado por la mañana soleado en Ses Voltes, medio acostado en uno de sus bancos, recordando también un concierto del festival de Cançons de la Mediterranea en el año 94, concierto de una noche de julio por parte del grupo Vent d'Est del cual nunca llegué a encontrar ningún disco. Leía y notaba el agradable calor del sol de febrero contrastando con el viento frío; el mentón sobre el cuello del abrigo. Detrás mio una pareja un tanto estrafalaria charlaba, o mejor dicho hablaba ella, una súcubo lenguaraz de pelo rojo que de vez en cuando se tragaba a su novio de un sorbo. Su voz era una musiquita fina y un punto estridente, acompañada del olor a porro que se fumaba el que no hablaba y se supone que escuchaba. Tal vez algo afectado ya paseé mi mirada por las murallas que dan a la catedral, me entretuve en los juegos de luces y sombras del muro. Súcubo lenguaraz, como la carta de Munchkin, continuaba con su musiquilla incesante, no entedía ni que decía, era simplemente una presencia como el zumbido de un abejorro, y a intervalos el sonido de un lengüetazo. El que escuchaba había acabado su porro y se disponía a hacer otro por lo que antes de que fuera tarde decidí levantarme y empezar a caminar. Me dirigí hacia plaza Santa Eulalia por Calle de Miramar. Una mezcla de recuerdos ajenos poblaban mi mente, y a medida que entraba en Carrer Morei se iban haciendo míos. El significado de esta calle es para mi emocionalmente amplio; como la voz de un mismo hombre pronunciada al unísono en diferentes épocas de su vida.

Apreciaciones sobre Calle Aragón II

cercamon | 28 Gener, 2010 21:15

Camino por Calle Aragón. Una calle irreal, donde las transformaciones urbanas llegan tarde, como parches, dándole una apariencia de calle Frankestein. Estoy en Médico Josep Darder y me fijo en ese bazar chino que hay desde hace unos años donde antiguamente estaba el mítico Multicines Chaplin. De ese cine me gustaban sus baldosas, no sé porque las recuerdo, eran de colores vivos, como un decorado de cuéntame. También me gustaban las películas que ponían y por que no decirlo, me atraía también la desolación de sus últimos años; Kamchatka, el albergue español; las 24 horas de terror y sus terroríficos bocadillos, terroríficos no, espeluznantes. Es un cine que me trae buenos recuerdos, pero los tiempos cambian y ahora hay un bazar chino, poderío económico en el nuevo Chinatown de Palma.

Enfilo calle Aragón hacia arriba, ahí donde las aceras son más estrechas, dejo pasar un viejecito, me arrimo a la calle para dejar pasar y el bus de la EMT casi se lleva mi cabeza con el retrovisor, hubiera sido una muerte absurda, ridícula.

Subo y cruzo las entradas y salidas de la vía de cintura, este cruce me recuerda a domingos por la noche, conduciendo con el carrusel deportivo en la radio, no me gusta el fútbol, creo que lo hago por masoquismo, melancolía y síndrome del domingo por la tarde en el que ahondo y profundizo.

Sigo por la acera, paso frente a una peña madridista donde suena el cara al sol , me entran arcadas y apresuro el paso. Camino rápido y me cruzo con una chica, lleva un cigarro sin encender en la boca, sus fosas nasales están desmesuradamente abiertas, son como dos hoyos negros que junto a la base del cilindro del cigarrillo crea una cara animalesca, una persona con tres fosas nasales, me mira con ojos resplandecientes, enciende su cigarrillo y arde la brasa, casi como en el poema de Jaques Plevert. Hace frío, a la derecha queda una inmobiliaria, en el local la dependienta habla por teléfono enfundada en un abrigo de plumas, el sector no tiene ni para estufas, habla y ríe, entiendo que no habla con un cliente.

A mi izquierda queda el edificio de la antigua Flex , abandonado e inquietante, ocupado por vivos y por no vivos, de ventanas negras engullidas por la noche, múltiples fosas nasales que inspiran y expiran al unísono, frialdad urbana, graffitis sin sentido ni arte. Calle Aragón es un enigma de calle, pasar por diversos mundos en una sola calle se consigue aquí.

Temporada baja

cercamon | 23 Gener, 2010 14:48

Me atraen los lugares turísticos en temporada baja, los paisajes desolados, los escaparates pintados de blanco y el mar indiferente en la playa, la luna fría de enero acentuando esa separación con la naturaleza. Camino por el paseo enfundado en un abrigo, y observo los restos de vida de la localidad turística, que estos días se acurruca y esconde como un pájaro en su ala. Sólo quedan unos pocos bares abiertos, se enfrentan al invierno con valor, con sus partidos de la premier y de rugby acompañados de una cerveza. Entro en un pub y veo un partido de rugby. Apenas quedan mesas vacías pero el silencio es sepulcral, sólo se rompe por algún golpe de castigo o un ensayo. La moqueta actúa de aislante y los gritos pronto se apagan. Tengo la agradable sensación de estar en el extranjero, en un pub en Inglaterra en la costa este en el que al salir seré engullido por la niebla, fría e indiferente como la playa y la luna de esta localidad turística en enero.

Al acabar mi tercera pinta de cerveza negra aspiro el aire con cierta dificultad (voy un poco pedo), está ahumado y mezclado con productos de merchandising recién abiertos. La camarera en tirantes grita algo (que no llego a entender) a un parroquiano sentado en el extremo de la barra, uno de esos clásicos solitarios en busca de compañía. Había acabado el partido y sonaba “a song for Ireland”, un homenaje a esa estupenda isla, a sus atardeceres y sus pubs, cantada en muchas versiones, pero pocas tan buenas como las de Dick Gaughan o Mary Black, canción de borracho nostálgico, curiosamente escrita por ingleses, drinking song en toda regla.

Salgo y ya no siento frío, la luna parece una amiga y no aquel astro indiferente y lejano. Empiezo a andar sin rumbo, siempre recto, junto a la playa y las olas, entre contenedores caídos por el viento y señales de tráfico rotas que no serán reparadas hasta la entrada de la próxima temporada. En otro bar hay tres alemanes sentados en la terraza, bajo una de esas estufas de gas, uno habla con voz gruesa y otro gordo y con un gran bigote rubio rebaña con placer un nacho en un recipiente con guacamole. Ríen y echan otro trago de cerveza. Más allá, está abierto otro pub con escaparates que dan al exterior. En su puerta hay colocadas unas antorchas al estilo de un templo romano. Dentro, hombres y mujeres de mediana edad beben coktails y cerveza, un lugar de ligoteo para extranjeros residentes en la isla; pero, al fin y al cabo, ¿quién no es extranjero?, ¿quién no busca compañía?.

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