Palma extraña

Carrer del Vi (II). Tu tiempo es mi dinero.

cercamon | 26 Juny, 2010 08:30

Mis hábitos me llevan a leer esta frase unas tres veces por semana, y eso supone que me quede pensando sobre ella unos segundos; primero porque siempre me ha costado entender frases de este estilo, en las que debo delimitar si mi dinero es tu tiempo, mi tiempo es tu dinero o ambas cosas. Por otro lado, el gesto del hombre del dibujo, de abogado airado, casi de tío Sam americano hace que me sienta aludido y culpable por una extraña razón. La frase, el dibujo, está grabado en una vivienda que más bien parece una fortaleza urbana, coronado por almenas y guardado por un gran portón.

En la calle del Vi últimamente han hecho reformas que han suavizado su aspecto. Las fachadas recién terracadas y pintadas de blanco hueso aportan mayor luminosidad a una calle de por sí oscura. Sin embargo, en su esquina con la calle Sant Feliu , los turistas todavía dudan si adentrarse en ella o no, mirando alternativamente el plano y la calle, sin acabar de entender que ese sea el camino; o tal vez en realidad busquen el palacete, último reclamo turístico del casco antiguo, y yo interpreto el gesto incorrectamente.

La calle, hay que reconocerlo, carece del estilo de Sant Feliu o de Apuntadores. Tiene ese aire amenazador, no es recta, las fachadas están inclinadas unas contra otras y no es posible ver su final desde sus extremos. Después está su nombre de reminiscencias espirituosas, que evocan al genio de Dionisio escondido tras alguna puerta, dispuesto a sorprender al caminante y darle alguno de sus brebajes. Imán para que los perros orinen; a fuerza de pasar, conozco los charcos y los esquivo con facilidad. Y ahora esa frase inquisitiva… tu tiempo es mi dinero. Me quitas tiempo y encima te lo cobras, cabrón desalmado!.

de como dejar una botella en la calle...

cercamon | 13 Juny, 2010 17:04

Llega la época en la que los palmesanos renunciamos definitivamente a la ciudad los domingos. Nos lanzamos enloquecidos por la autopista de Llucmajor rumbo a alguna playa lo más lejana posible. Salimos casi todos a la misma hora y en el mismo momento, presa de una señal escondida en el subconsciente colectivo, hacia el colapso.

Salgo de casa preparado con mis chanclas y mi toalla al hombro y me sorprendo de cómo aparecen las botellas colocadas tras la fiebre del sábado noche. Se pueden distinguir estilos de lo más diverso, botellas de todos los tamaños, aunque mayoritariamente de cerveza. Básicamente hay dos formas de dejar una botella en la calle; la primera, estrellándola en el asfalto; la segunda dejándola colocada con delicadeza en alguna repisa, o junto a un portal. No hay punto medio, casi nunca se ven botellas tumbadas en este barrio. Al llegar a la playa disfruto con un polo almendrado mientras me dedico a curiosear turistas. Frente a mi hay una familia de aspecto suizo; jóvenes rollizas de mejillas encarnadas y cabellos rubios entrenzados juegan a las palas con furor, como si les fuera la vida en ello, se bañan y al salir del agua una de ellas se dirige a la que podría ser su madre que está tumbada boca abajo y la riega sin piedad de agua estrujando sus ubres mientras escurre su bikini.

Esta escena es perturbadora y me doy cuenta de que un trozo de nata del polo se ha caído manchando mis bañadores nuevos. Me levanto, y me decido por fin a entrar en el mar redentor; que dulce es el verano.

más difícil todavía

un clásico del domingo por la mañana

La consellera cubista y los guardianes de S'hort de's Rei

cercamon | 26 Maig, 2010 15:39

La consellera toma un refresco en la terraza del Café Lírico, es un atardecer tranquilo y apacible de mayo en la plaza de la reina. La consellera ríe, y esa cara suya me fascina, es enigmática, cubista. Picasso la hubiera pintado como lo hizo con Françoise Gilot. Tras esos rasgos extraños se adivina una chispa en los ojos. No es la primera vez que me la cruzo en el barrio, y me gusta como pasea esta mujer, a veces en solitario, otras en compañía.

Cruzo la acera atraído por la brisa entre las hojas, por la música de una orquesta levantina. Me siento cerca de la estatua de Miró a ver el concierto. En primera fila cabezas con tocados de peluquería, cabellos enlacados como un campo sembrado de espigas que trae aromas de colonias del Inserso. La luz desde el oeste se estrella contra el palacio moro, las hojas se agitan y me parece estar en un sueño, con un cielo verde poblado de hojas en movimiento al son de la música como un móvil gigantesco. La música de la orquesta cambia y la melodía se vuelve arabesca. Miro a la gente y encuentro los ojos de un vagabundo alemán de nariz aguileña que bebe Mahou y fuma un pitillo de liar, lleva el pelo grasiento recogido en una coleta y en su mirada un atisbo de locura complaciente. Me sonríe y creo estar en una película de Simbad el marino. Detrás mío aparece otro vagabundo agitando los brazos airado al compás de la música, grita: oléeeeeee!!, vamooooss!!!!. La música se hace más rítmica e intensa mientras las percusiones atronan, y unos turistas a mi lado se miran divertidos. Están todos los vagabundos de S’hort de’s rei. Los que duermen junto al kiosko. Ellos son los amos de este lugar y dan muestra de ello.

Pernoctan los vagabundos a la orilla del palacio moro, como viejos guardianes de otra época, enloquecidos por el viaje en el tiempo.

Culto al espíritu y la carne

cercamon | 10 Maig, 2010 18:34

Leo en algunos libros que mirar la ciudad de Palma hace un siglo, era mirar una ciudad teocrática, salpicada de torreones y campanarios, rodeada por una muralla que la encerraba y ayudaba a resaltar el poder de la iglesia y sus órdenes en la ciudad. De alguna manera, imagino que esa sensación debe ser la que se experimenta todavía al caminar alrededor del convento de Santa Clara y Sant Francesc: calles silenciosas con balcones en las que queda colgada alguna palma del domingo de ramos; la quietud de las noches de invierno, cuando no se ve a nadie por la calle y solamente se escucha el eco de tus pasos chocando por el pavimento de la calle Sant Alfons. Qué pensaría el payés que llegaba a Ciutat a vender sus mercancías, al contemplar temeroso desde la “costa de Xorrigo” la lluvia de torreones que surgían del centro de esta especie de ciudad puritana como una meca mediterránea. Se santiguaría y se acercaría entre respetuoso e ilusionado a la ciudad con su carromato tirado por “ases” y antes de entrar en la villa tal vez purificaría su carne en alguno de los burdeles de sa Porta des Camp, en la privilegiada fachada marítima.

La discutida destrucción de la muralla cambió esa fisonomía, y de alguna forma liberó a la ciudad de ese yugo, dando la bienvenida a la modernidad.

Esta fisonomía también ha cambiado durante los últimos años. Inmigración, turismo, globalización han ayudado a crear en la ciudad cultos a los que no estábamos acostumbrados. Una especie de templo budista en la calle Quetglas; cercano a éste, donde hace una veintena de años hubo un cine de cuyo nombre no consigo acordarme, hay ahora una iglesia de testigos de Jehová. En la vía de cintura no deja de sorprenderme la fachada que anuncia una iglesia evangélica con letras gigantes, y en Pere Garau comer los kebabs del Arábica cerca de la mezquita.

El payés ya no conduce su carro. La ciudad se repliega ahora en la muralla de asfalto y atascos que es la vía de cintura, pero los templos y los burdeles siguen ahí, frecuentados por pobres y ricos, políticos y trabajadores. Imperecederos lugares para el espíritu y la carne.

mezquita

mezquita de Palma

budistas

misterioso centro budista

testigos

antiguo cine donde ví el libro de la selva hace muchos años.

¿dónde se mete la gente los domingos?

cercamon | 27 Abril, 2010 18:57

¿dónde se mete la gente los domingos?, ¿por qué hay tan poca gente ese día sea verano o sea invierno?

Basta levantarse un domingo y dar una vuelta por el centro de la ciudad para constatar este hecho. El domingo pasado decidí ir a desayunar un café con leche y una ensaimada a algún bar. Cuando estaba en el Born tuve una sensación extraña que me hizo recordar la película de abre los ojos. En concreto la escena en la que el protagonista sale del coche y empieza a correr solo y despavorido por la Gran Vía de Madrid completamente vacía. En la película eso formaba parte de la pesadilla del protagonista. Aquí no, realmente no había nadie en la calle y todos los bares por los que pasaba estaban cerrados, claro que era temprano pero resultaba inexplicable. Si te pasa eso, paseante, sigue mi consejo y dirígete al Bar Bosch. Pronto comprobé que este bar es el reducto de los que como yo buscábamos el sonido de las cafeteras por la mañana, la compañía, los diarios del día. Era curioso además observar como los clientes del bar nos aglomerábamos cerca unos de otros, formando algo así como un círculo de protección contra el vacío de la ciudad.

Por qué hay tan poca gente en la calle los domingos, es una pregunta que al parecer se han hecho generaciones y generaciones de palmesanos. Me pareció curioso encontrar una prueba de ello en un libro de segunda mano que compré en un viaje. Se trata de un libro publicado en el año 1956 y se titula “Majorcan Holiday” , de un tal S.P.B. Mais y su mujer Gillian; una pareja de ingleses que viajan a la isla con su hija en los años 50. En él hay un día dedicado a un domingo en Palma, ese día visitan la catedral , donde Gillian es amonestada por un cura por llevar los brazos descubiertos. Después de la visita se dirigen al Borne: “I then rejoined the others outside the church and we walked down to the borne expecting to find it crowded. There were several old men sitting on benches and seats. There were a good many young soldiers and sailors. There was no sign whatever of a fashion parade. We walked the whole length of the borne and saw nothing more exciting than one small child in white and large number of what looked like Teddy boys”. Vamos!, que solo había ancianos y marineros. Teniendo en cuenta que apenas hay marineros y ancianos en el Born, y que los skaters y los que hacen piruetas con la bici no salen hasta tarde, el número de personas queda muy reducido.

La respuesta que se suele oír para explicar esa falta de ambiente en la calle es que la gente va a sus segundas residencias. Esta explicación no me cuadra, con lo que cuesta tener una vivienda, dos ya me parece dificilísimo. Otra posible explicación, es que Baleares es el lugar del estado donde mayor porcentaje de personas dedicaban el domingo para ir de excursión, tal como leí en un artículo de prensa.

Sin embargo, hay que reconocer que la ciudad disfruta cada día más de más reductos donde la gente se concentra. El más importante lo encontramos en el paseo marítimo, verdadero lugar de reunión dominical que se queda pequeño para poder albergar a tantos y tantos paseantes y ciclistas que aprovechan este lugar para pasear los domingos.

Sea como sea, sería fantástico que esta ciudad estuviera más animada los domingos, la verdad es que esfuerzos no faltan en iniciativas como la Bicifiesta y otras destinadas a sacar a la calle a los habitantes de Ciutat.

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