Palma extraña

Desenmascarar a los arcontes

cercamon | 01 Maig, 2020 22:32

El otro día escuchaba a un locutor de radio hablando de cómo la pandemia había doblegado a la humanidad, de cómo un simple virus (aun sin ser de los más letales), había puesto de rodillas al ser humano.

Hemos pasado casi dos meses en nuestras casas, es poco comparado con lo que han vivido otras generaciones o aquellos que vienen de conflictos armados u otras calamidades.

Aunque para la mayoría ha sido un encierro de lujo, con agua corriente, electricidad , internet; también, nos hemos acostumbrado a vivir sin muchas cosas superfluas estos días. Consumimos menos, y nos damos cuenta de que se puede vivir de otra manera.

“La compra compulsiva es siempre el ritual diurno destinado a exorcizar la horrenda aparición de la incertidumbre y la inseguridad que acosa por las noches” escribía Zigmunt Bauman. No le faltaba razón, el consumo, el efímero momento de felicidad que nos aporta, es uno de los dioses mayores del panteón actual.

Hemos tenido la oportunidad de desacelerar, y también la ocasión de desenmascararnos; a nosotros y a todas las deidades a las que rendimos tributo.

¿Qué pasará ahora que algunos de estos dioses han sido desenmascarados?

Para que engañarnos, volveremos a ellos. Estas líneas serán efímeras. Pero costará un poco esa vuelta; un poso de culpabilidad nos acompañará, y el recuerdo de estos días se transmitirá, incluso nos inspirará en el futuro.

Como leo en una entrevista al pintor Antonio López hoy en El País, cuando le preguntan si cree que cambiaremos para bien después de la pandemia, dice:

Soy de los que creen que nada cambiará porque el hombre no sabe escuchar. No creo que salgamos mejores. Estaría bien que hubiera un enfoque más austero de la vida. No porque nos lo impongan sino porque nosotros sepamos llegar a esa certeza. Tenemos una forma de vida muy invasiva, muy alejada de la naturaleza. https://elpais.com/cultura/2020-04-30/antonio-lopez-no-creo-que-salgamos-mejores-de-esta-crisis.html

Aunque algunos tal vez sí lo hagan. Desenmascarar al arconte es el paso para liberarse de ellos. Hay que tener en cuenta que seguramente esto sea solo el principio, la primera calamidad de un ser humano que ha dado la espalda a la naturaleza.

Antiguas brujerías

cercamon | 06 Juliol, 2016 21:34

Cada vez que me cruzaba con él experimentaba la misma sensación, sin poder determinar su origen. En un principio lo achaqué a lo arrogante y superficial de su pose; allí estaba él junto a un caballo negro, vestido con pajarita, como si lo acabara de adquirir en una subasta. El joven alemán posaba vanidoso, sin ocultar sus intenciones. Sin embargo, había algo más en ese cartel que se me escapaba, algo oscuro y sutil, que nada tenía que ver con esa fachada pretenciosa.

Ahora que por la noche hace calor, algunos “sin techo” han encontrado un lecho en los bancos de la calle, eso hacía que el contraste creciera en intensidad. El caballo purasangre con los mendigos junto al cartel, con sus sillas de ruedas haciendo de mesita de noche, su ropa plegada, el olor a cuerpo, a barba que crece; y el rostro rasurado del joven a lo Dorian Grey, presa de la inmortalidad de la publicidad. Busqué al joven por internet, no es difícil encontrarlo, incluso barajé pedirle ser mi amigo en facebook para intentar acercarme a su enigma, pero deseché la idea, no quería asustar a nadie.

No fue hasta el otro día, al ver al antiguo presidente caminando con aires de cortesano por el Born, enfundado en un traje de colores vivos y repartiendo saludos entre unas jóvenes palmesanas, cuando descubrí la verdad del joven del cartel: el secreto está en la boca, los labios, y esa sonrisa, esa boca inquietante similar a la de un gato, sensual y a la vez reptiliana. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y recordé el gran cuento de Algernon Blackwood “Antiguas brujerías” en la que un viajero se apea por error en un pequeño pueblo de Francia en el que sus habitantes son en verdad gatos.

La triste muerte del cine Astoria

cercamon | 25 Octubre, 2010 20:42

Tal vez fuera la mezcla de dos sentimientos opuestos, la ternura y el terror de la película “Déjame entrar”, o tal vez mi vuelta al barrio de Pere Garau de Palma una tarde de otoño lo que me cambió el ánimo y me lo mantuvo días después. Caminando entre la tenue luz amarilla de las farolas de las calles que rodean la zona, se pueden ver bastantes carteles de se vende. Me acerco al escaparate de una marisquería gallega, hay un pulpo mal pintado en el cristal y dos hombres mal afeitados fuman bajo la luz de un fluorescente, las neveras están apagadas, veo un anuncio traspasando el negocio, soledad y frío en el interior.

Hace tiempo que no voy al cine Metropolitan y me sorprende encontrar tan poco público. De la sesión del “Gran Vázquez” salen únicamente una madre con una tropelía de niños estilo cumpleaños. En la sala 1 en la que entramos somos sólo tres personas; el acomodador es enormemente amable, una amabilidad que me genera compasión y que puede permitirse al ser el público tan escaso. Tres personas en la enorme sala 1 una noche de estreno!!. Que destino tan nefasto el de los cines del centro de Palma. Empieza la película y evidentemente nadie molesta, estamos tranquilos, los tres. Salgo del cine hecho polvo, tanto por el estado de ánimo que transmite esta magnífica película como por lo desolador del cine y el barrio. Cada vez que un cine del centro muere es como si algo se me muriera por dentro. De pequeño solía pasar largas tardes en ellos ya que mi abuela era taquillera, y les tengo cariño así como a los personajes que lo pueblan. Recuerdo la triste muerte del cine Astoria; un cine mítico de grandes estrenos como: “Los señores del acero” que me despertó la libido de adolescente, o la inquietante Baraka. Pero no, este cine tuvo que morir con un bodrio en sus pantallas “Secuestrando a la señorita Tingle”, para echarse a llorar…, y además no tuvieron la decencia de quitarle el cartel, lo dejaron años allí colgado para escarnio de los amantes del cine, como un ejecutado que cuelgan varios días en la plaza de la ciudad, para el que se atreva a montar un cine en el centro…; que poca delicadeza!, que cruel final para un cine como éste!.

Eructos en Plaza de la Reina

cercamon | 16 Octubre, 2010 18:55

Hay sitios con nombres que dejaron de tener sentido. Un ejemplo en Palma es la Plaza de la Reina, creada en 1863, estaba dedicada a la reina Isabel II para lo que se instaló una estatua de ésta en su centro. Una reina breve, cuya estatua no fue menos al ser echada abajo a piquetazos en 1868 tras el triunfo de la gloriosa. Sin embargo, el nombre de la plaza se conserva, aunque nos imaginamos que denomina a una reina en general, para la que reine en ese momento.

En la actualidad la plaza es un hermoso nexo de unión entre el Born y el mar. Llena de turistas perdidos mirando embobados las fachadas de los edificios, o el frondoso ombú que crece junto al lírico; apretujándose para esperar el autobús 15 que les devuelva a su hotel de Platja de Palma, rumbo al buffet libre y las cervezas en vaso de litro.

El lugar tiene también algo de etílico, es empleada como ruta por aquellos que van a beber a la Lonja, tanto sobrios como ebrios. Hace poco vi un transeúnte eructando a menos de un metro de dos chicas que se giraron medio sordas, el hombre, perfecto caballero inglés, dijo “sorry” con toda la educación, levantando ligeramente la mano, con los labios apretados en señal de culpabilidad, permitiéndose el lujo de barrer con su mirada a los demás transeúntes, una forma de prolongar sus disculpas a cualquiera que pudiera haberse sentido perturbado con el insondable sonido. Estos sonidos abundan en la plaza, pues ayer me volvió a ocurrir, y uno no sabe si girarse o no, decir algo o aplaudir, mirar a otro transeúnte buscando complicidad o quedarse mirando el lugar donde antiguamente estuvo la estatua de la breve reina, ese vacío que siempre estuvo ahí, que se forma en el estómago y sube por el esófago hasta resonar en la boca.

Marius Verdaguer y el olmo del Principal

cercamon | 13 Octubre, 2010 20:30

Uno de los aspectos que más me llamó la atención de este libro son los microdetalles sobre la ciudad explicados por el autor. Detalles que se hubieran olvidado pero que Verdaguer se encargó de rescatar. El escritor recuerda un olmo que existió una vez frente al teatro principal. Se trataba de un árbol alto y majestuoso, demasiado alto tal vez. En una fotografía en blanco y negro aparece situado en un rincón donde hoy hay una fuente, pegado al Carrer del Forn del Racó, lugar donde hoy se aglomeran escacharradas tiendas de souvenirs. Un ser señorial pero marginado, sirviendo tal vez de apoyo a la espalda de los vagabundos.

Ayer pasé por allí, me fijé que cerca de donde estaba este árbol crece hoy otro olmo, pero más bajito. ¿Transmigró el alma de ese árbol en el nuevo olmo?, ¿transmigró tal vez en un humano?, ¿habita todavía en la ciudad o se desvaneció para siempre?. Marius Verdaguer al final del capítulo, se lamenta como al pasar un día por la calle Unió unos leñadores cortaban el árbol sin piedad, una historia que no es nueva en la isla. Pero tampoco seamos malos, el árbol tal vez creaba humedades en casa de un vecino, o en el mismo teatro. Sea como fuera, fue una pena.

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