Palma extraña

Culto al espíritu y la carne

cercamon | 10 Maig, 2010 18:34

Leo en algunos libros que mirar la ciudad de Palma hace un siglo, era mirar una ciudad teocrática, salpicada de torreones y campanarios, rodeada por una muralla que la encerraba y ayudaba a resaltar el poder de la iglesia y sus órdenes en la ciudad. De alguna manera, imagino que esa sensación debe ser la que se experimenta todavía al caminar alrededor del convento de Santa Clara y Sant Francesc: calles silenciosas con balcones en las que queda colgada alguna palma del domingo de ramos; la quietud de las noches de invierno, cuando no se ve a nadie por la calle y solamente se escucha el eco de tus pasos chocando por el pavimento de la calle Sant Alfons. Qué pensaría el payés que llegaba a Ciutat a vender sus mercancías, al contemplar temeroso desde la “costa de Xorrigo” la lluvia de torreones que surgían del centro de esta especie de ciudad puritana como una meca mediterránea. Se santiguaría y se acercaría entre respetuoso e ilusionado a la ciudad con su carromato tirado por “ases” y antes de entrar en la villa tal vez purificaría su carne en alguno de los burdeles de sa Porta des Camp, en la privilegiada fachada marítima.

La discutida destrucción de la muralla cambió esa fisonomía, y de alguna forma liberó a la ciudad de ese yugo, dando la bienvenida a la modernidad.

Esta fisonomía también ha cambiado durante los últimos años. Inmigración, turismo, globalización han ayudado a crear en la ciudad cultos a los que no estábamos acostumbrados. Una especie de templo budista en la calle Quetglas; cercano a éste, donde hace una veintena de años hubo un cine de cuyo nombre no consigo acordarme, hay ahora una iglesia de testigos de Jehová. En la vía de cintura no deja de sorprenderme la fachada que anuncia una iglesia evangélica con letras gigantes, y en Pere Garau comer los kebabs del Arábica cerca de la mezquita.

El payés ya no conduce su carro. La ciudad se repliega ahora en la muralla de asfalto y atascos que es la vía de cintura, pero los templos y los burdeles siguen ahí, frecuentados por pobres y ricos, políticos y trabajadores. Imperecederos lugares para el espíritu y la carne.

mezquita

mezquita de Palma

budistas

misterioso centro budista

testigos

antiguo cine donde ví el libro de la selva hace muchos años.

 
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