Palma extraña

Sábado en el rompeolas

cercamon | 28 Març, 2010 18:27

El sábado es bondadoso, y los palmesanos salimos a pasear en tropel aprovechando los rayos de sol de un día incontestablemente primaveral, el primero después de tantos fines de semana nublados. Me uno a los paseantes, como una marcha de semana santa, paseo por la mañana, y vuelvo a pasear en el atardecer; bordeo el paseo marítimo y camino junto al rompeolas. Me fijo en los pescadores que pueblan estas masas rocosas colocadas por el hombre, apostados con sus cañas como la imagen de un cuadro, amando la soledad de la espera. Ajenos al jolgorio de patinadores y ciclistas, un padre y su hijo colocan el cebo en su anzuelo; estaban por la mañana y siguen allí al atardecer; parecen felices y me detengo un momento a observarlos. El sol empieza su descenso en la bahía de Palma , y todo parece más tranquilo , todo parece en su sitio. La posición del sol convierte las olas en destellos, las cañas al ser tiradas brillan como espadas con la ciudad de fondo con sus ruidos y luces. A unos metros unos enamorados retozan cariñosamente, sus cabellos se enredan en las rocas como algas revueltas tras un temporal, hay sal en sus labios. Siento el calor que emana de la roca en la que estoy sentado; tiro una piedra al mar, un mar de un azul intenso. Oigo las risas del padre y su hijo al sacar un pez del mar. En la bocana del puerto veo una barquichuela volviendo a su amarre, el ruido del motor chapoteando en el agua me llena de paz y de una seguridad inexplicable. En el oeste el sol se hunde en las montañas, el castillo de Bellver se recorta en la distancia, y una maravillosa sensación de pertenecer al mundo se apodera de mi.
 
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