Palma extraña

Acabar un libro en Ses Voltes

cercamon | 09 Febrer, 2010 21:25

Historias de Nueva York retrata la ciudad a través de la vida de personajes y acontecimientos históricos que dieron forma a sus calles, que imprimieron un caracter y una forma de ser. También los detalles y anécdotas contribuyen a que una ciudad sea la que es.

Historias de Nueva York es un libro de Enric González, corresponsal de El País en Nueva York durante unos años, y rinde tributo a algunos corresponsales de guerra que conoció en esa ciudad y que más tarde morirían en diferentes conflictos armados. El caso de Ricardo Ortega me llama mucho la atención, tras buscar por internet veo algunas fotos suyas, ese hombre que cubrió la guerra de Chechenia. Conflicto olvidado en una tierra remota e inhóspita que nuestra mente apenas llega a imaginar. De pronto, a través de su rostro recuerdo también su voz, y me la imagino.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/callejon/murio/Ricardo/Ortega/elpepuint/20100213elpepuint_1/Tes

Terminaba de leer este libro un sábado por la mañana soleado en Ses Voltes, medio acostado en uno de sus bancos, recordando también un concierto del festival de Cançons de la Mediterranea en el año 94, concierto de una noche de julio por parte del grupo Vent d'Est del cual nunca llegué a encontrar ningún disco. Leía y notaba el agradable calor del sol de febrero contrastando con el viento frío; el mentón sobre el cuello del abrigo. Detrás mio una pareja un tanto estrafalaria charlaba, o mejor dicho hablaba ella, una súcubo lenguaraz de pelo rojo que de vez en cuando se tragaba a su novio de un sorbo. Su voz era una musiquita fina y un punto estridente, acompañada del olor a porro que se fumaba el que no hablaba y se supone que escuchaba. Tal vez algo afectado ya paseé mi mirada por las murallas que dan a la catedral, me entretuve en los juegos de luces y sombras del muro. Súcubo lenguaraz, como la carta de Munchkin, continuaba con su musiquilla incesante, no entedía ni que decía, era simplemente una presencia como el zumbido de un abejorro, y a intervalos el sonido de un lengüetazo. El que escuchaba había acabado su porro y se disponía a hacer otro por lo que antes de que fuera tarde decidí levantarme y empezar a caminar. Me dirigí hacia plaza Santa Eulalia por Calle de Miramar. Una mezcla de recuerdos ajenos poblaban mi mente, y a medida que entraba en Carrer Morei se iban haciendo míos. El significado de esta calle es para mi emocionalmente amplio; como la voz de un mismo hombre pronunciada al unísono en diferentes épocas de su vida.

 
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