Palma extraña

Apreciaciones sobre Calle Aragón II

cercamon | 28 Gener, 2010 21:15

Camino por Calle Aragón. Una calle irreal, donde las transformaciones urbanas llegan tarde, como parches, dándole una apariencia de calle Frankestein. Estoy en Médico Josep Darder y me fijo en ese bazar chino que hay desde hace unos años donde antiguamente estaba el mítico Multicines Chaplin. De ese cine me gustaban sus baldosas, no sé porque las recuerdo, eran de colores vivos, como un decorado de cuéntame. También me gustaban las películas que ponían y por que no decirlo, me atraía también la desolación de sus últimos años; Kamchatka, el albergue español; las 24 horas de terror y sus terroríficos bocadillos, terroríficos no, espeluznantes. Es un cine que me trae buenos recuerdos, pero los tiempos cambian y ahora hay un bazar chino, poderío económico en el nuevo Chinatown de Palma.

Enfilo calle Aragón hacia arriba, ahí donde las aceras son más estrechas, dejo pasar un viejecito, me arrimo a la calle para dejar pasar y el bus de la EMT casi se lleva mi cabeza con el retrovisor, hubiera sido una muerte absurda, ridícula.

Subo y cruzo las entradas y salidas de la vía de cintura, este cruce me recuerda a domingos por la noche, conduciendo con el carrusel deportivo en la radio, no me gusta el fútbol, creo que lo hago por masoquismo, melancolía y síndrome del domingo por la tarde en el que ahondo y profundizo.

Sigo por la acera, paso frente a una peña madridista donde suena el cara al sol , me entran arcadas y apresuro el paso. Camino rápido y me cruzo con una chica, lleva un cigarro sin encender en la boca, sus fosas nasales están desmesuradamente abiertas, son como dos hoyos negros que junto a la base del cilindro del cigarrillo crea una cara animalesca, una persona con tres fosas nasales, me mira con ojos resplandecientes, enciende su cigarrillo y arde la brasa, casi como en el poema de Jaques Plevert. Hace frío, a la derecha queda una inmobiliaria, en el local la dependienta habla por teléfono enfundada en un abrigo de plumas, el sector no tiene ni para estufas, habla y ríe, entiendo que no habla con un cliente.

A mi izquierda queda el edificio de la antigua Flex , abandonado e inquietante, ocupado por vivos y por no vivos, de ventanas negras engullidas por la noche, múltiples fosas nasales que inspiran y expiran al unísono, frialdad urbana, graffitis sin sentido ni arte. Calle Aragón es un enigma de calle, pasar por diversos mundos en una sola calle se consigue aquí.

Temporada baja

cercamon | 23 Gener, 2010 14:48

Me atraen los lugares turísticos en temporada baja, los paisajes desolados, los escaparates pintados de blanco y el mar indiferente en la playa, la luna fría de enero acentuando esa separación con la naturaleza. Camino por el paseo enfundado en un abrigo, y observo los restos de vida de la localidad turística, que estos días se acurruca y esconde como un pájaro en su ala. Sólo quedan unos pocos bares abiertos, se enfrentan al invierno con valor, con sus partidos de la premier y de rugby acompañados de una cerveza. Entro en un pub y veo un partido de rugby. Apenas quedan mesas vacías pero el silencio es sepulcral, sólo se rompe por algún golpe de castigo o un ensayo. La moqueta actúa de aislante y los gritos pronto se apagan. Tengo la agradable sensación de estar en el extranjero, en un pub en Inglaterra en la costa este en el que al salir seré engullido por la niebla, fría e indiferente como la playa y la luna de esta localidad turística en enero.

Al acabar mi tercera pinta de cerveza negra aspiro el aire con cierta dificultad (voy un poco pedo), está ahumado y mezclado con productos de merchandising recién abiertos. La camarera en tirantes grita algo (que no llego a entender) a un parroquiano sentado en el extremo de la barra, uno de esos clásicos solitarios en busca de compañía. Había acabado el partido y sonaba “a song for Ireland”, un homenaje a esa estupenda isla, a sus atardeceres y sus pubs, cantada en muchas versiones, pero pocas tan buenas como las de Dick Gaughan o Mary Black, canción de borracho nostálgico, curiosamente escrita por ingleses, drinking song en toda regla.

Salgo y ya no siento frío, la luna parece una amiga y no aquel astro indiferente y lejano. Empiezo a andar sin rumbo, siempre recto, junto a la playa y las olas, entre contenedores caídos por el viento y señales de tráfico rotas que no serán reparadas hasta la entrada de la próxima temporada. En otro bar hay tres alemanes sentados en la terraza, bajo una de esas estufas de gas, uno habla con voz gruesa y otro gordo y con un gran bigote rubio rebaña con placer un nacho en un recipiente con guacamole. Ríen y echan otro trago de cerveza. Más allá, está abierto otro pub con escaparates que dan al exterior. En su puerta hay colocadas unas antorchas al estilo de un templo romano. Dentro, hombres y mujeres de mediana edad beben coktails y cerveza, un lugar de ligoteo para extranjeros residentes en la isla; pero, al fin y al cabo, ¿quién no es extranjero?, ¿quién no busca compañía?.

contenidor

La biblioteca de otro

cercamon | 08 Gener, 2010 21:32

Una de las cosas que me producen más curiosidad al visitar la casa de alguien es fijarme en los libros de las estanterías. Involuntariamente tiendo a curiosear sus títulos y de pronto me parece estar en una tienda. Me alegra, además, llegar a esta situación tras una sequía de lectura. En ocasiones no encuentro un libro para leer, o a todos los libros les encuentro pegas, me vence la pereza y la desilusión. En ocasiones me he encontrado en la bilioteca municipal de Can Sales, paseando por sus estanterías a disgusto, esperando un encuentro casi amoroso que no llega, un flechazo que se retrasa, al igual que en el amor, después entro en la fase de probar libros al azar, camino en círculo por las estanterías y de repente extiendo el brazo al azar y saco esperanzado un libro de su fila; echo un vistazo al título, me desilusiono y lo vuelvo a colocar en su sitio. Cuando se busca el momento mágico no se suele encontrar, hasta que de repente , en la biblioteca de otro ocurre. El estado de áinmo es otro para empezar, no vamos a casa de esa persona con el propósito de fisgar en su biblioteca, por consiguiente estamos secretamente predispuestos a un encuentro. Además de esta vertiente, está el gusto de cotillear la bilbioteca entera como si en realidad lo que hace es conocer más a tu anfitrión, miro las temáticas, el cuidado de los libros, si su color está envejecido. Reconozco que me inquieta y me gusta encontrar dos libros que desentonan juntos, como una obra de San Agustín junto a un ejemplar del Marqués de Sade, contrastes de lo más interesantes que aumenta la curiosidad por conocer a nuestro anfitrión.

Visité hace poco la casa de un amigo durante unos días, en el comedor habían varias filas con volúmenes ordenados por temática y colección. Me fijé que los libros religiosos abundaban; me sorprendió la importante cantidad de libros de la colección Austral, pasear la mirada por los lomos de distintos colores pintados en cuadritos me hizo recordar mi infancia. En el extremo se veían títulos relacionados con el lugar en el que estábamos; el valle de Tena y sus costumbres, la vida en los antiguos pueblos del pirineo, la lluvia amarilla de Llamazares, ese fantasma atrapado en un pueblo abandonado del Serrablo, donde todos se han ido y sólo queda un fantasma solitario que recuerda. Me senté y empecé a leer La hoja roja de Miguel Delibes, y tuve la placentera sensación de estar en la biblioteca, cómodamente sentado, sintiéndome confortable al tener la certeza de que mi amigo había visitado con anterioridad estas páginas y estar reviviendo a la vez, simétricamente, un momento en su vida.

 
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