Palma extraña

La ciudad transparente

cercamon | 12 Juliol, 2009 21:03

Camino en bañador y sandalias por la ciudad un domingo de verano. En la Calle Caro entra un aire fresco que se cuela por los huecos de mi camiseta de algodón. El azul del cielo es cada vez más oscuro y al llegar a una plazoleta por la que pasa la calle Barrera me siento en un banco calentado por el sol del día. Apenas hay gente en la calle; pasea una señora su perro mil leches. Sus patas están más separadas que su cuerpo lo que da a sus andares un aire semimonstruoso. Oigo el sonido de los contenedores cerrándose cada vez que alguien lanza su basura. En una casa próxima se anima la discusión de una pareja en chino, en otra suena el teléfono y nadie lo coge, unos cubiertos acaban un plato de comida, risas de niños retumban en la calle ocultas por el tubo de escape de un ciclomotor trucado; se produce un breve silencio aprovechado por una vecina para sacudir su escoba en la terraza, el polvo se recorta en las luces de las farolas. Sobre-estimulado exploto mi faceta de mirón. Observo entre las ventanas abiertas de las casas lo que mi ángulo permite: un hombre gordo y descamisado apoya sus pies sobre una mesa mientras escucha el telediario a todo trapo, sólo veo sus pies y su barriga, y en otra ventana un adolescente teclea frenético el ordenador. Me parece que la ciudad es transparente y las luces de neón del banco de la esquina, las voces y los sonidos que oigo, todo es extrañamente agradable y todo me va bien.

No se trabaja los sábados

cercamon | 02 Juliol, 2009 20:22

Tengo la mala costumbre de trabajar algunos sábados, suelen ser mañanas tranquilas en las que no suena el teléfono. De camino a la oficina oigo los pájaros en las ramas, no se oyen coches y los gatos se amagan tras los arbustos probando la comida que dejó algún amante de los animales. Al entrar en el edificio me extraño al ver mi reflejo en el espejo con pantalón corto en un lugar del traje y la camisa. Saludo al guarda de seguridad al que interrumpo su programa de dibujos animados. Canto mi dni , somos un número y voy a por un refresco, la máquina expendedora no acepta las monedas, hasta que la tiro con efecto y escupe la naranjada de mala gana. Cuando voy al ascensor intercambio unas palabras sobre dibujos animados con el hombre de seguridad, abro la lata de refresco sobre el mostrador de mármol de la recepción, cuando oigo que ha sido mala idea, el líquido se desparrama por el mármol, trepa por mi brazo, gasea como un gato enfadado. Avergonzado subo a mi despacho tras colocar en el mostrador folios en sucio para arreglar la metedura de pata. Siento en mi cabeza las cañas de ayer y pienso que no tengo ganas de trabajar y que no tendría que estar aquí. Al ir a abrir la oficina me doy cuenta de que me dejé las llaves en casa. En sábado no se trabaja, no es posible que haya más señales para decirlo.
 
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