Palma extraña

Baños de bosque

cercamon | 25 Juliol, 2020 16:44

Leo un artículo que aparece en la Vanguardia sobre los baños de bosque. https://www.lavanguardia.com/ocio/viajes/20200725/482474096313/bosques-para-perderse.html. Bajo el título "Bosques para perderse", la autora recomienda la visita a algunos bosques de España. Lugares, donde la mente es capaz de divagar, de relajarse, donde de alguna forma nuestro cerebro se conecta con lo mágico, por llamarle de alguna forma.

El bosque tiene una conexión profunda con los humanos. Esta masa vegetal hace que nos reencontremos con nosotros mismos. Amenazados más que nunca, siguen teniendo un hálito de misterio, enigmático, de último reducto. Parecen poseer una conexión neuronal que nos conecta en una sinapsis con nuestro cerebro. De hecho, cuando salimos de caminar en un bosque, nos lo llevemos para siempre en nuestra mente, poblándonos silenciosamente.

Los experimentos de Backster en los años 60 apuntaban a la capacidad extrasensorial de las plantas, y como estas son capaces de leer nuestros pensamientos. Estos experimentos que generaron gran revuelo fueron después refutados por diferentes autores. El método científico no permitía reproducir esos experimentos. No cabe duda de que el método científico ha sido y es la mejor herramienta del ser humano para progresar, pero no deja de ser la linterna que nos deja ver en la oscuridad, pero solo la parte que ilumina, siguiendo el resto sumido en la penumbre. Perdonadme la comparación, pero me recuerda a lo que ocurre con las llamadas psicofonías; un fenómeno que existe y queda registrado, pero que es imposible reproducir bajo el método científico. Pero no por ello se pueden descartar, nos aproximan a fronteras cuanto menos interesantes, límites seguramente de nuestra mente.

De los árboles han escrito numerosos autores de ficción. Uno que me viene a la cabeza por hacerlos el centro de sus historias es Algernon Blackwood. Este hombre de las mil profesiones: hostelero, periodista, escritor, viajero, tiene numerosas novelas cortas dedicadas a los árboles: el Wendigo, El hombre al que amaban los árboles, son algunas de ellas; pero destacaría Los Sauces, relato en el cual dos amigos se pierden en un bosque durante su viaje en canoa por el río Danubio. La atmósfera que logra el autor en esa novela no la he vuelto a leer en ninguna otra: árboles sigilosos, que parecen moverse, mirarte, espiarte, leer el pensamiento como experimentó Backster con su polígrafo. Baños de bosque al fin y al cabo.

La Ciudad de Palma de Eusebio Estada

cercamon | 11 Juliol, 2020 08:34

Cuando lees un libro como “La Ciudad de Palma” de Eusebio Estada, es inevitable sentir una lucha interna entre nuestra percepción como lectores del siglo XXI, y la visión de la ciudad por parte de un ciudadano del siglo XIX. Para evitarlo, lo primero que tenemos que hacer es disociarnos, ponernos en los ojos de ese hombre del S.XIX. Bajar hasta las calles que él describe, e intentar ver, sentir y oler todos los problemas que tenían entonces.

El movimiento higienista de la segunda mitad del siglo XIX, quiso adaptarse a los nuevos tiempos que trajo la revolución industrial. Para ello dispusieron de toda una serie de recetas para ordenar la ciudad y su crecimiento. Las principales medidas, aunque no las únicas, pasaron por derrumbar las murallas y expandir la ciudad por un ensanche. El derribo de las murallas desde la mirada de un ciudadano de hoy, supuso un alto precio a pagar por modernizar la ciudad. Es inevitable pensar con nostalgia como sería Palma si hubiese conservado su muralla renacentista. Pero elucubrar sobre ello no tiene ya mucho sentido.

Un punto importante para este movimiento fue cómo integrar los barrios que iban creciendo sin ningún tipo de planificación fuera de las murallas, normalmente alrededor de caseríos como los de Els Hostalets, La Soledat, o arrabales como Santa Catalina. Lugares aislados que debían de tener algo de far west; caminos sin empedrar, charcas, burdeles a medio camino para viajantes. Pongamos nuestra mirada allí, asomémonos por la ventana de una casa cualquiera; veríamos un camino que llevaría hasta una muralla, y junto a ella, acumuladas, diferentes construcciones más o menos provisionales sin red de alcantarillado. Si atravesáramos las murallas por alguna de sus puertas, caminaríamos por las calles empedradas llenas de socavones, llegaríamos hasta la Lonja y miraríamos hacia el mar. Entonces, los peces que reptan hoy por las aguas opacas de los muelles del Paseo Marítimo nos parecerían inmaculadas, ya que hasta allí llegaban varias cloacas que recibían las aguas fecales de la ciudad.

En algunos barrios de Ciutat sus habitantes se hacinaban; había edificios que subían su edificabilidad a lo alto con pocas consideración de seguridad, eran bloques cruzados de arriba a abajo por tuberías cortas de barro cocido que transportaban aguas fecales, supurando por sus juntas, y creando humedades en las paredes, antes de llegar hasta unas cloacas muchas veces revestidas únicamente de marés.

Vista así, la Palma del siglo XIX no parece tan romántica, una ciudad de unas 35.000 almas confinadas entre unas murallas, una fortificación que debía ser vista como los barrotes de una prisión más que un elemento arquitectónico a proteger; y así lo debían ver los higienistas de la época. Con nuestra perspectiva, las cosas tal vez hubieran sido diferentes, pero nada podemos hacer ya, salvo intentar comprender lo que pasó.

Alta Mar, el blog de Fabian – Árboles que se van, árboles que entran.

cercamon | 15 Juny, 2020 22:46

El blog de Fabian, Alta mar http://fabian.balearweb.net/, fue una de mis primeras consultas cuando me empecé a interesar por los árboles. Como profano en el tema, el blog me pareció escrito de una forma muy didáctica y fácil de seguir. Con Fabián compartí también unos pocos mensajes a través de la red. Hasta donde sé, Fabian fue un profesor de matemáticas de esta ciudad, que una vez jubilado comenzó a escribir el blog Alta mar. En él recogió todo tipo de informaciones culturales y patrimoniales de la isla, y en especial de la ciudad de Palma. Fabian falleció en 2015, pero el legado de su blog ha quedado en la red, varado en los servidores de la pionera www.balearweb.com como una referencia de consulta sobre el patrimonio de la ciudad, y como el testimonio de uno de sus más apasionados ciudadanos. En este sentido, siento cierta emoción cuando hoy visito los mismos lugares que el mismo Fabian en algunos de sus posts años atrás; seguir los pasos de este profesor jubilado, hablando de alguno de los árboles de las zonas verdes de Ciutat; hacer las mismas fotos que él hizo años atrás, y comparar su evolución. Este tipo de simetrías temporales son fascinantes. Uno de los sitios en los que su blog me ha servido de guía es S’Hort des Rei en Palma. Este bello jardín de la ciudad, junto a la Calle Antoni Maura, creado en los años 60 a partir del proyecto del ingeniero Gabriel Alomar, y del paisajista Uli Werthwein; fue construido en el mismo lugar donde antiguamente había unos huertos reales, perteneciente a los reyes árabes primero y a los cristianos después. En verano, cuando el calor aprieta, me siento en uno de los bancos bajo la sombra de la pérgola de los jardines para leer un rato. Es muy refrescante tocar el granito con el que está construido el entorno, me puedo imaginar un helado; leo un libro con el sonido del flujo del agua de las fuentes y de los cruceristas que transitan rápidamente por el lugar. Cuando voy a S’Hort des Rei a observar árboles, tengo un recuerdo para Fabian. En el parque puedo ver todavía el Roble solitario, las Tipuanas que flanquean las fuentes, el Magnolio que hay bajo la construcción de la Almudaina y que Fabian contemplaba años atrás. Otros árboles han desaparecido, como el Tejo-Teix-Taxus baccata que nuestro cronista describió en 2008; esa conífera sombría y longeva, que para preservarse de los herbívoros que quieren comer sus hojas genera veneno para defenderse de ellos. Este pasado verano, también me topé con otro nombre que leía en el rótulo de piedra que da la bienvenida al parque, pasé un buen rato leyendo un libro del paisajista que diseñó el jardín, también fallecido hace pocos años, Uli Werthwein. Tomé prestado un libro escrito por él en la biblioteca de Can Sales; “Árboles destacados de Mallorca”. Comparativo de fotos tomadas en el blog de Fabian en 2008-2009 con fotos de 2020:

Lagunaria:

Roble:

Magnolio:

Araucaria:

Rutas de Almar - Son Gotleu 2

cercamon | 09 Juny, 2020 19:47

Los niños caminan por los filos, por los bordes de las aceras, incluso por las barandillas de los pisos más altos, en las terrazas pequeñas. Buscan el peligro y conviven con él, le hablan directamente.

Un canario canta en la terraza de un primer piso, rodeado de plantas de abuela surgidas de mil esquejes, raíces que crecen omniscientes, a la vez y en infinitos lugares. Una ola de frescor te golpea la cara mientras accedes por el portal de la calle sin cerradura. Por las ventanas abiertas del edificio oyes a alguien que canta.

En el zaguán de entrada se hace el silencio, el día se ha nublado y amenaza tormenta. Algún vecino dejó un mensaje en la puerta de los contadores. Ruega por favor que nadie tire toallitas por los inodoros porque la tubería se atasca, y añade una foto de una ameba informe que surge de una arqueta; da la impresión de que pudiera convertirse en cualquier forma, incluso una mano que rasga el aire en busca de ti. Está compuesta de toallitas ennegrecidas, su cemento son cucarachas, hecha de tus miedos.

Detrás de ti pasa un vecino, escuálido y delgado, os dais los buenos días, por detrás de tu espalda observa también al ser amorfo de la foto. Al ser de las toallitas el blanco y negro le favorece, lo hace más impreciso.

Ya no se oyen los canarios de las jaulas del primer piso, ni la melodía del hombre que cantaba. Las plantas que creías vivas son falsas, y de la foto surge una mano, atraviesa el papel y rasga el aire, se dirige hacia ti. ¡Ah!, el hombre de detrás es translúcido.

Rutas de Almar- Son Gotleu 1

cercamon | 24 Maig, 2020 15:16

Silencio en una plaza de Alam rodeada de coches aparcados. Una acera sucia, manchada de aceite, salpicada de colillas.

Sale una mujer de un portal que parece la entrada a una cueva. Si entras verás los zaguanes siempre iguales, terrazo sucio y gastado, buzones arrancados y nombres antiguos todavía insertados en algunos de ellos. Nombres que se personas que se marcharon, apellidos antiguos, la mayoría se marcharon un día para vivir en otro lugar o simplemente murieron.

Las puertas están numeradas de forma precaria e inconsciente. De la puerta uno salta a la cuatro. Una puerta negra junto a una blanca; luz junto a oscuridad. Al subir las escaleras verás una ventana que da al patio interior, es triste, apenas entra la luz. Un perro mil leches te mira desde un diminuto patio de la planta baja, parece que te saca los dientes, pero en realidad le falta un trozo de labio.

Al llegar al rellano das a la luz de la escalera pero no se enciente. El suelo está lleno de mugre, papelillos y colillas, una mugre que se ha hecho permanente, y que alguien debe de limpiar cuando. Una mujer abre la puerta de uno de los pisos, huele a limpio, amoniaco, su olor baja las escaleras hasta perderse por la ventana del montpeller, donde te miró el perro. Se oyen voces atravesando las paredes, ruido de televisión. El volumen no está alto, pero el sonido se propaga por las paredes y los tabiques como si fueran papel.

Tus ojos vuelven a lo pequeño, al detalle: a una planta que crece en el último rellano, a sus hojas verdes , llenas de vida. Las hojas parecen echarse hacia la pared, como si quisieran crecer trepando en ella, subir por el techo y entrar en las casas, salir por las ventanas, trepar hacia el sol y escapar por la azotea.
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